por Isabel del Río
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Marta es una chica demasiado mayor para seguir siendo llamada “chica”, que lleva una vida que impide que nadie la califique de “señora”, que vive en un tiempo en que ya se olvidaron las “señoritas”…, y más las princesas. Es una mujer cualquiera con la que nos identificamos en su ciego tesón por adaptarse a un mundo del que sólo percibe los detalles cercanos, pero del que no comprenden su estructura ni engranajes.

Un andábata era un gladiador que luchaba en la arena a ciegas, con un casco que le tapaba cabeza y ojos.

Marta está a punto de cumplir los treinta y siente el paso del tiempo. Quizás aún su camino sea largo pero sabe que el que ya ha recorrido ha sido en círculos que la han conducido al mismo lugar mezquino del que partió. Es un destino fatal que ella no merece porque no es una heroína clásica y porque tampoco ha conocido nunca a ningún héroe, aunque lo busca en sueños.

El andábata tenía que afilar su instinto desde la soledad del que puede vivir o matar sin ver a su adversario y sin entender por qué hay espectadores que aplauden su estupidez.

¿Es una batalla perdida la vida de Marta? ¿Y la del lector? Las frases y diálogos de los protagonistas no envuelven porque son las mismas que todos decimos y oímos a diario, porque cuando llega la noche e intentamos dormir, ya no recordamos si fue en la novela de Olga Bernad o en nuestro propio trabajo o bar donde escuchamos aquellas conversaciones llenas de tópicos…, banalidades que nos hieren.

Sentirse como un andábata de hace dos mil años es sentirse unido a la humanidad en sus miserias y grandezas, en su desarrollo informe de mancha que pinta infinitas caras.

La vida de Marta, su familia, amantes y amigos no provee las suficientes experiencias para construir un libro de aventuras ni de suspense ni de terror. Escrita en primera persona, encontramos bastante humor en sus diálogos, pero tampoco este es su género. Andábata es una NOVELA y trata del tiempo. Andábata sigue la línea del gran Proust o de Virginia Woolf. Andábata, en su aparente sencillez y argumento cotidiano, ahonda en el sentido de nuestra existencia, que es también la existencia de los que nos precedieron.

Los andábatas existen hoy en día, luchan a nuestro lado. Algunos han llegado a serlo por obligación, por ser hijos de esclavos y desheredados. Otros han abrazado esta peculiar suerte a cambio de dinero. En Roma era el momento en que perdían su condición de ciudadanos.

Desde sus comienzos como escritora, Olga Bernad ha realizado un esfuerzo de interiorización para, después, plasmar en palabras sus visiones certeras de luces y sombras. Sus primeras publicaciones fueron poemas recogidos en bitácoras: “Las Afinidades Electivas” de Agustín Calvo Galán, “La Nave de los Locos” de Fernando Valls o la página cultural de Antón Castro. En el 2009, dentro de la colección de poesía Siltolá de la Fundación Ecoem, publica “Caricias Perplejas”. En febrero de este año y con el sello Paréntesis, “Andábata”, su primera novela que no es sólo una novela para todos sino de todos, porque todos moramos en ella y nos leemos entre los espacios de sus palabras, porque en su primera persona es nuestra conciencia la que nos habla y nuestra inconsciencia la que con Marta vuela y porque, más allá de haberla leído, también todos la hemos sentido.

Un vez soñé que era un andábata y que me habían cortado las manos en la sangrienta lucha, era Olga quien a partir de entonces debería escribir.

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